sábado, 24 de marzo de 2018

Campo de batalla

Esquivo las balas que fabrican tus palabras. 

Mientras sorteo las baldosas levantadas en nuestra casa.

Porque quizás escondan alguna mina del campo de batalla.

O los pecados, por los que ya no me hablas.

Un cuaderno me sirve de escudo, 
el lápiz hace las veces de puñal 
y el bolígrafo de espada.

Su punta, siempre afilada.

Rota, no me vale nada.

La tinta de la pluma estilográfica se convierte en ácido, 
rompe tu voz y atasca las balas en tu garganta.

Papeles con manchas de café camuflan mis lágrimas.

Granos en polvo sirven de sombra a mis ojeras burtonianas.

Pienso en empezar a tatuarme los recuerdos, 

para dejar de olvidar a las personas que quería y, creo, todavía quiero. 

Porque ya no siento. 

Solo cosquillas con cada estocada. 

Malestar, ante el recuerdo de los besos y caricias que antes me dabas. 

Impotencia, por cada indirecta que me lanzas.

Odio, por no ser capaz de sentir nada. 

Por haberme olvidado de querer, y, en su lugar, haber aprendido lo que verdaderamente significa temer.



martes, 20 de marzo de 2018

Jailhouse Sin Rock

Al fin, 
me enfundaron el mono naranja. 

Danzo,
varada 
en una celda sin ventanas. 

Me cuelgo,
de las cuerdas de un bajo, 
en lugar, de las de una guitarra. 

Un poco de Elvis 
no estaría mal 
para rebajar la dureza 
en el eco de tus palabras.

Poder silenciar las lágrimas,  
llorar tranquila 
los crímenes que me vistieron de presidiaria. 

Trazo en el mástil los días que pasan.

Distingo las horas 
por el brebaje cafeinizado de cada mañana. 

Paso mi condena 
pensando en voz alta. 

En la muerte, 
lo menos, 5 o 6 veces, 
por minuto encerrada. 

Por eso dejé el café, 
creí romántico acumularlo 
en un barreño 
debajo de la cama.
Para dejar que sea mi amarga adicción, 
la que sentencie mi defunción. 

Que parezca un accidente, 
y nadie sospeche 
del vacío que resta en mi alma.