sábado, 12 de agosto de 2017

Incomprendida




Cuando sus lágrimas se fundieron con el sudor tropical, el murmullo amazónico se encargó de camuflar cualquier vestigio de sollozo. 
Supo que estaba a salvo. Nadie tendría por qué enterarse de que había estado llorando.

Se puso las gafas de sol, para ocultar sus ojos rojos, humedecidos y cansados, y volvió a llorar en silencio, con superficial actitud inexorable, fingiendo prestar atención a lo que el guia turístico estaba explicando.

Hacía tiempo que no lo hacía en público, con los años, creía haber aprendido a controlarlo. Construido una fachada sólida, lo suficientemente resistente como para aguantar comentarios hirientes y acusaciones insolentes, creía haber madurado, haberse hecho fuerte o, al menos, haber aprendido a aparentarlo.

Pero había cosas que la seguían afectando.

Puede que a primera vista los temas por los que lloraba no fuesen para tanto y, a veces, su inconformismo pareciese premeditado. 
No era culpa suya, ella no era capaz de controlarlo.

Las fachadas son meras barreras de papel pinocho,
encargadas de sostener las piezas de un personaje roto;
su inseguridad y titubeo hacen que corra el riesgo de resquebrajarse de nuevo, 
cuando rompe con lo considerado políticamente correcto.

Seres frágiles de apariencia inescrutable; 
fríos, serios y apáticos,
ridiculizados como incomprendidos y tachados de raros o niños malcriados.

Personajes deprimidos, que no hacen daño a nadie, cuyo único crimen fue ser demasiado serios, preferir a veces un libro a otro objeto, vivir en las nubes y andar siempre perdidos en sus pensamientos.







domingo, 6 de agosto de 2017

Huí.

Lo admito, me asusté, 

me cagué por la pata baja, 

lo hice a conciencia, 

fui cobarde y huí, 

ahora no puedo negarlo, 

pero tampoco aceptarlo.


Lloré, no me quedó otra, 

las lagrimas surgieron, 

sin venir a cuento, 

sin yo pretenderlo, 

mis ojos se humedecieron,

y pronto mis mejillas también lo hicieron.


Salí corriendo, 

como una niña pequeña, ridiculizada, derrotada, intentando escapar, 

perderla de vista, 

darle esquinazo,

Ignorando la realidad, 

sumiéndome en una oscuridad ficticia, a modo de autodefensa.


Ni siquiera llegué a huir de sus ofensas, 

empecé a correr antes de que todo ocurriera, 

anteponiendome a lo que pudiese pasar;

porque ya estoy acostumbrada a esta sociedad.


Caí, pero lo hice mucho antes de empezar a correr.

Antes de asustarme,

y por supuesto mucho antes de que mis ojos decidiesen que el sol no merecía ser de agosto el protagonista, 

que era un bonito día para nublarme la vista.


Hace años que vendí mi alma al diablo, 

cuando mi corazón parecía haberse roto en mil pedazos, 

y las ganas de vivir se confundieron con las de morir,

cuando mi cuerpo solo se esforzaba por subsistir.


Lo cierto es que huí, 

de sus juicios insustanciales,

de sus miradas triviales,

y de mi actitud pusilánime. 


Lo admito, salí corriendo, 

pero ahora lo pienso,

y no me arrepiento.


Es mejor ver pasar el tiempo corriendo, 

que con gente que solo te provoca sufrimiento.