Soy culpable de homicidio.
Del último residuo de intensidad
que restase en mi delirio.
Me asfixio.
Entre un millón de prejuicios.
Tengo el estómago vacío
y el pecho oprimido
en un suspiro
de genes amargos
de genes amargos
y sentimientos desfogados.
Empiezo a padecer de afasia por no leer,
o por leer sin leer.
Pero sin querer,
sin llegar a entender
a la musa que aquel poeta
tuvo que obedecer.
Ahogo mis dudas en el café,
los gritos en el alcohol
y las lágrimas en el papel.
Me siento en la iglesia,
sin saber qué hacer,
sin saber qué hacer,
busco respuestas
donde otros parece que las ven.
donde otros parece que las ven.
Mientras el resto asciende,
el plomo de mi pecho
me obliga a caer.
me obliga a caer.
Tengo miedo de alcanzar el suelo,
de que al fondo del vacío
haya agua
donde debería estar el cielo.
haya agua
donde debería estar el cielo.
Porque entonces
sabría que lo que toco es la Estigia
sabría que lo que toco es la Estigia
y no el Olimpo.
Sin otra vida,
sin paraíso.
Entonces sabría que no existe la redención
sin paraíso.
Entonces sabría que no existe la redención
para una pecadora adicta a lo incorrecto,
que no hace más que escribir mentiras sobre el infierno.