
Cuando sus lágrimas se fundieron con el sudor tropical, el murmullo amazónico se encargó de camuflar cualquier vestigio de sollozo.
Supo que estaba a salvo. Nadie tendría por qué enterarse de que había estado llorando.
Se puso las gafas de sol, para ocultar sus ojos rojos, humedecidos y cansados, y volvió a llorar en silencio, con superficial actitud inexorable, fingiendo prestar atención a lo que el guia turístico estaba explicando.
Hacía tiempo que no lo hacía en público, con los años, creía haber aprendido a controlarlo. Construido una fachada sólida, lo suficientemente resistente como para aguantar comentarios hirientes y acusaciones insolentes, creía haber madurado, haberse hecho fuerte o, al menos, haber aprendido a aparentarlo.
Pero había cosas que la seguían afectando.
Puede que a primera vista los temas por los que lloraba no fuesen para tanto y, a veces, su inconformismo pareciese premeditado.
No era culpa suya, ella no era capaz de controlarlo.
Las fachadas son meras barreras de papel pinocho,
encargadas de sostener las piezas de un personaje roto;
su inseguridad y titubeo hacen que corra el riesgo de resquebrajarse de nuevo,
cuando rompe con lo considerado políticamente correcto.
Seres frágiles de apariencia inescrutable;
fríos, serios y apáticos,
ridiculizados como incomprendidos y tachados de raros o niños malcriados.
Personajes deprimidos, que no hacen daño a nadie, cuyo único crimen fue ser demasiado serios, preferir a veces un libro a otro objeto, vivir en las nubes y andar siempre perdidos en sus pensamientos.
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